martes, 21 de febrero de 2012


…Y se contempla al espejo entre lánguidas caídas de párpados.  Con sus blancas y somnolientas manos, acaricia uno de sus senos sublimes,  y un hálito suicida se refleja  al mirar su espíritu.  La cabellera como sangre gotea en su cintura y con la piel blanca como una rosa fúnebre adquiere el aspecto de estatua gótica: la belleza trágica, pasada por la complacencia de un Dios misericordioso.
Los ojos de un profundo azul atardecer delatan su intención: “Estaría bien hacer de mí un fantasma intemporal, aislarme en el tiempo para llorar eternamente, o prender la perpetuidad con mis oraciones, maquillarme pálida, marcarme ojeras incesantes, ojos silentes  y labios de plata. Ajustarme un corsé etéreo y envolverme en un vaporoso vestido incorruptible, posarse como un ave extraña en épocas venideras, y jamás volver a sentir la dicha, ni la esperanza”.

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