martes, 21 de febrero de 2012





Por la ventana del ático donde vivo, entran las sombras de máscara azul.
Yo quisiera retener siempre esta presencia en mis ojos porque los azahares diluyen la fe que no es ocular y vencer se vuelve desgracia constante…
Entonces yo sería dócil y firme,  gigante y paciente,  pero también duro y grave como un Anemoi.
Ahora mi fe es un día en isla de pascua que declina con mórbida melancolía, esperando sólo cubrirse de negros nubarrones.
La oración,  inescrutable montaña del desespero,  llega a mis labios cuando han caído todos los puentes. La escalaré desterrado en sublime promesa de huída y no conjugaré nuevamente noches nubarradas ni canto de escorpiones…

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