viernes, 26 de octubre de 2012


Cuando la borrasca brama con ímpetu tenaz e irremediable, yo guardo silencio y miro al cielo.
Aunque las sombras se aproximan raudas y yacen acechantes a mi lado, yo guardo silencio y miro al cielo. 
No hay silencio sepulcral que pueda helar mi confianza más heroica o mi más santa determinación.
Mientras afuera el dolor carboniza y calcina, yo guardo silencio y miro al cielo.

Mi vida es una nevada incesante al cerrar los ojos y percibir su hálito a distancia sobre los gritos de la tempestad.

Mi vida persiste sobre una balada interminable de amor y muerte con los lamentos de mis ancestros.
Oigo réquiem de lobregueces en silencio nocturno, aunque lejano, yo sé que proviene de un nuevo firmamento.
En medio de conflicto y batalla, entre la querella y la quimera, yo oigo palpitar su cántico, y produce  en mí una dulce resonancia en mi espíritu.
¿Cómo podría, entonces, dejar de orar y confiar mansamente en mi Señor?


No hay comentarios:

Publicar un comentario