Cuando la borrasca
brama con ímpetu tenaz e irremediable, yo guardo silencio y miro al cielo.
Aunque las sombras se aproximan raudas y yacen
acechantes a mi lado, yo guardo silencio y miro al cielo.
No hay silencio
sepulcral que pueda helar mi confianza más heroica o mi más santa determinación.
Mientras afuera el
dolor carboniza y calcina, yo guardo silencio y miro al cielo.
Mi vida es una nevada
incesante al cerrar los ojos y percibir su hálito a distancia sobre los gritos de
la tempestad.
Mi vida persiste
sobre una balada interminable de amor y muerte con los lamentos de mis ancestros.
Oigo réquiem de lobregueces
en silencio nocturno, aunque lejano, yo sé que proviene de un nuevo firmamento.
En medio de conflicto y batalla, entre la
querella y la quimera, yo oigo palpitar su cántico, y produce en mí una dulce resonancia en mi espíritu.
¿Cómo podría,
entonces, dejar de orar y confiar mansamente en mi Señor?
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